jueves, 3 de enero de 2013



El mismo día 


Son  casi las  cinco de la mañana y estoy  tendido en mi cama de una forma casi inerte. Al escuchar el reloj marcando las cinco y veinte minutos, me siento en la cama, estiro mis brazos  y pienso lo mismo  de todos los días  -¿Quién se inventó esto de madrugar?-.  Voy al espejo, observo mi rostro para no olvidar como soy, lo que siento, lo que creo y lo que pienso de mi existencia, de la existencia de otros, de nuestro propósito y recuerdo que a veces quisiera cambiar la  manera de ver el pasado, de ver mi muerte de verme a mí y cambiar por completo mi vida de una manera que me llene y cese esta sed de algo muy profundo en mí, aquello que no me deja avanzar como un ser humano normal, que me hace ver las cosas de manera  diferente, “Diablos”, si solo supiera que es, que lo produce, tal vez sabría con mayor facilidad como alimentarlo.

Son las seis de la mañana, tal vez minutos más, minutos menos. Mi cuerpo me duele como si hubiera caminado por horas y tengo algunos moretones en mí espalda, es extraño, porque no recuerdo haber tenido acción física últimamente, la verdad no recuerdo nada recientemente, mi vida se volvió el hoy, este tiempo, este preciso momento, es como si no necesitara vivir, como si no hubiera espacio en mi vida para el mañana, creo que estoy alucinando un poco.  Tengo un café en mi mano derecha el cual tiene un sabor dulce y relajante; observo cómo cada pequeño grano hace lo suyo para dar a mi vaso ese color  oscuro  que al observarlo   me hace pensar en que tan sombrío es mi mundo, que tan siniestro puede llegar a convertirse un ser por las cosas de la vida,  cómo piensa  o, mejor,  de qué manera   lo obligan a pensar. Mi apartamento se torna cada vez más ajeno a mí, todo me parece extraño, desde los tendidos de mi cama, hasta  al jarrón que está en la mesa al lado del televisor, es raro, me consume la incertidumbre de solo pensarlo, es como si estuviera de visita en mi propio apartamento.

Son las seis y cuarenta minutos de la mañana  y estoy postrado en el mueble de este lugar que me resulta  tan impropio; no me he puesto mi camisa y no he terminado de alistarme para salir a trabajar, pero, es que estoy confundido, no recuerdo a mi familia, mis amigos, mis compañeros, no recuerdo bien ni  donde trabajo y el único pensamiento que realmente   representa un problema importante para mi es  que  mi café se enfriara, como si mi  vida terminara con él. ¡Qué me pasa! Voy al armario y escudriño un poco en las cosas, abro uno de los cajones y hay algunos papeles y fotos que no se me hacen familiares y a pesar de todo estoy en muchas de ellas, me preocupo pero no de la manera que se inquieta una persona normalmente, siento intranquilidad pero no me desespera, es como si en el fondo estuviera vacío, como si fuera solo un cuerpo sin sentimientos.

Miro el reloj y  marca las siete menos diez, mi café está por terminarse pero su sabor es el mismo, tomo un trago más el cual moja mis labios y suaviza mi garganta dejándome un sabor atractivo.  Me siento al lado de la ventana y solo conservo una foto donde estoy solo  en una playa, ¡mierda! Me siento tan impotente al no recordar, al sentir que mi vida ya paso, o peor aún, nunca fue. Me es curioso que el único recuerdo que tengo es el de una mujer de cabello largo y brillante, una sonrisa bonita que hace que mis sentidos se activen a flor de piel, mi cabeza  se  impacte y mi imaginación vuele aunque en este momento no sea  muy amplia;  Su nombre es Sofía, recuerdo algunas imágenes de ella junto a mí  y una canción la cual mi mente tararea como si fuera el único sonido  que hubiera escuchado en el mundo.

 Ilustración: David Castillo 

Son las siete y treinta minutos de la mañana, el sol entra por la ventana e irradia esta tristeza que me produce el sentirme tan  perdido, pero, ¿Qué perdí? Me miro una vez más al espejo, ya serian unas cien veces  que lo hago si no estoy mal, es como si este ejercicio me ayudara a mantener despierto, a   encontrarme de alguna manera o, más bien a no estar solo con este mundo que a grandes rasgos es “mío”, pero que en este momento me está enloqueciendo de tal manera que quisiera salir corriendo y abandonarlo. Suena el timbre del apartamento, me exalto y me lleno de nervios, insisten tres, cuatro veces más y dejan un paquete debajo de la puerta, al parecer es el periódico matutino, lo pierdo de vista y vuelvo a mi objetivo número uno en esta corta y extraña  vida, para ser precisos tres horas ya que no recuerdo más.

Son las ocho menos diez y estoy un poco agotado, es extraño, no es un agotamiento que pueda describir, o de pronto sí, es similar a una vela que se apaga y su razón de ser deja de existir, es como si fuera el fin. Tomo el periódico del suelo  y observo la página principal, un trágico accidente de un tranvía  El cual  por razones ajenas me es familiar; voy a la hoja donde relatan el suceso…… ¡Estoy estupefacto!, hay algunas fotografías de las víctimas, entre ellas, Sofía la chica que hasta ahora era lo único que recordaba, y yo, quien me encontraba  sentado a su lado.

Faltan tres minutos para las ocho de la mañana, limpio mis lágrimas, pero no estoy triste,  ahora lo entiendo todo, termina mi café y por ende mi vida, tal vez mañana será igual, me despertare a las cinco de la mañana sin recordar absolutamente nada, o peor aún, será en otra época de mi vida, en el accidente o en mi tumba  y todo fluya de la misma manera que hoy, pero, ¿hasta cuándo?, ¿por qué no me he ido?,  ¿qué busco? O…… ¿Simplemente morir es así, y nunca nos marchamos?

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