Satisfacción cero: ¿por qué lo que tenemos nunca es suficiente?Por: Jonathan Clements, The Wall Street Journal
Puede ser que en Estados Unidos tengamos una mejor calidad vida y
más libertad que en muchos otros países, pero en la búsqueda de la
felicidad no nos va tan bien.
Estados Unidos es hoy más rico que nunca. Pero las encuestas
muestran que sus habitantes no son más felices que hace 30 años. El
problema: no somos buenos en descubrir qué es lo que nos hará
felices.
Constantemente estamos deseando autos más lujosos y salarios más
altos y, al principio, esas cosas elevan la felicidad. Pero el brillo de la
satisfacción se opaca tan pronto empezamos a querer otra cosa. Del
mismo modo, les decimos a nuestros amigos que nuestros hijos son
nuestra gran felicidad. Sin embargo, las investigaciones demuestran
que la llegada de los niños reduce la felicidad de los padres cuando
tienen que enfrentar las dificultades y el estrés que implican.
Esto genera una pregunta obvia: ¿Por qué deseamos siempre más?
Los expertos dan dos explicaciones.
No estamos hechos para ser felices. Fuimos creados para sobrevivir y
reproducirnos. No estaríamos aquí si nuestros ancestros no hubiesen
luchado para proteger y alimentar a sus familias. La promesa de la
felicidad, entre tanto, es sólo un truco para alegrarnos el camino.
¿No le gusta la idea de que estamos engañados por un sistema de
instintos antiguos? La culpa es entonces de las creencias de la
sociedad.
Trabajar duro y criar hijos puede que no nos haga más felices, pero
estas creencias permiten que la sociedad siga funcionando. Y los que
aceptan esas creencias prosperan y transmiten esos valores a sus
hijos.
Somos malos para hacer pronósticos. Considere el estudio de los
académicos Daniel Kahneman y David Schkade, quienes les
preguntaron a estudiantes universitarios del centro de Estados Unidos
y del sur de California dónde pensaban que la gente como ellos sería
más feliz. Ambos grupos escogieron a California, en gran parte por el
clima cálido. Y cuando se les preguntó qué tan satisfechos estaban
con sus propias vidas, ambos grupos dijeron que eran felices por
igual.
Cuando predecimos lo que nos hace felices, estamos influidos por
cómo nos sentimos hoy. Si hacemos las compras de la semana justo
después de almorzar, compraremos de forma más selectiva. El
inconveniente: unos días después miraremos insatisfechos un
refrigerador vacío.
Y quizás aún más importante es que fallamos al anticipar qué tan
rápido nos adaptaremos a las mejoras en nuestra vida. Pensamos que
todo va a ser maravilloso cuando nos mudemos a una casa más
grande. No nos damos cuenta que, después de unos meses, nos será
indiferente el espacio adicional.
La experiencia debería ayudarnos a evitar esos errores repetitivos.
Pero no lo hace, en parte, porque no nos acordamos bien cómo nos
sentimos realmente, dice el profesor de psicología de la Universidad
de Harvard Daniel Gilbert, autor de Tropezar con la felicidad.
Un ejemplo: trabajamos duro para lograr el próximo ascenso porque
estamos seguros que eso nos hará felices. Nos olvidamos que la
última vez que obtuvimos un ascenso, fue un poco frustrante.
No está de más confrontar la realidad, dice Gilbert. Suponga que será
más feliz si se muda a un pequeño pueblo rural, adopta un hijo o deja
el trabajo y se convierte en profesor de matemáticas en una escuela
secundaria.
No se fíe de las opiniones de quienes viven en pueblos pequeños, han
adoptado niños o se convirtieron en maestros. En cambio, dedique
algún tiempo a observar a estas personas y vea si son felices.

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